Una confesión…

Mi acercamiento a las familias empieza en Buenos Aires, en 1989, cuando estuve internado en la comunidad terapéutica «El Castillo». Allí observé el trabajo con familias de jóvenes con problemas de drogas.

A mi regreso, me di con la sorpresa que en Lima no existía ningún centro de formación hasta el año 95. En ese año me enteré que la «Escuela de terapia familiar», dirigida por Rocío Huamán, abría una nueva convocatoria para la 3era promoción (que fue la última antes de cerrarse), con el auspicio y la acreditación autorizada por Juan Luis Linares -quien sería, poco después, mi entrañable amigo- inicié mi formación en terapia, que duró 2 años.

Hoy, después de tantos años, continúo dedicándome a la terapia familiar sistémica con colegas y amigos, entre ellos Dunia Cayo y Carlos Gavancho. Muchos alumnos y actuales terapeutas sistémicos «pasaron por nuestras manos«. El programa de formación  que hasta ahora se ha mantenido es el de Barcelona, sostenido y legitimado por Juan Luis Linares, siendo que hemos tenido la suerte de que la gestión de la formación pase por distintas universidades e institutos de formación terapéutica; en algunas universidades como maestría y en otras como diplomados.

Pero a quien tengo que admirar y agradecer de manera gratificante es a las múltiples familias que me acogieron en el sistema terapéutico. De ellas aprendí hasta dónde podemos llegar y cuáles son nuestras limitaciones. Gracias a todas aquellas familias que me dieron su confianza en la labor de la terapia familiar sistémica, pues seguí creciendo al lado de ellas y, a través de sus descubrimientos, conseguimos co-crear, juntos, realidades distintas a las que nos toca sufrir.

A todas ellas: muchísimas gracias.

Deja un comentario